A menudo sentimos impotencia ante ciertos hechos. Esa sensación nos hace reaccionar de formas diversas, desde la indignación hasta la depresión. Intentar luchar contra molinos de viento, emulando a Don Alonso Quijano a lomos de su fiel Rocinante, puede convertirnos como a él en locos desquiciados, capaces de cualquier acción absurda, a ojos de quienes por gracia divina poseen la certeza del bien y del mal.
Observar a diario hechos incomprensibles desde la perspectiva del simple mortal, acrecienta sin duda esa sensación de ahogo que nos lleva, en ocasiones, a la barbarie. Culpar al que se halla en esa situación supone equiparar a quien la provoca con quien la sufre. Desde los altos estamentos se propagan consignas dirigidas al buen hacer y a la sana convivencia. Sin embargo, en la cotidiana existencia, suenan absurdas en ocasiones. No es lo mismo gozar de aquellas prebendas que permiten saciar todas las necesidades, que asumir la obligación de ganarse ese privilegio con la lucha personal o colectiva frente a los abusos de quienes imponen las normas. Así pues, legislar y aplicar las leyes no significa que éstas sean justas. Con la excusa de que no siempre llueve a gusto de todos, se pretende generalizar la justicia en pro del bienestar y la igualdad, no de los humildes ciudadanos que, a menudo, se ven envueltos en escabrosas situaciones de las que nadie les puede librar. O, por lo menos, mitigar sus secuelas. La ley es taxativa. Incluso el desconocimiento de ella no exime de su cumplimiento. Pero tanto quienes deben velar por ello como quienes las aplican, o bien abusan de su condición o hacen la vista gorda, incumpliendo así esas normas que tanto defienden a capa y espada.
Aquellos que sufren o han sufrido alguna injusticia, serán consolados con el argumento de que todos somos iguales y que la ley se aplica por igual, sin distinción, dando ejemplos de personajes importantes que han sucumbido a sus efectos. Sin embargo, tras esa cortina de bondad y esa consigna de la búsqueda del bien común, se esconde la hipócrita condición de quienes la argumentan. No se puede hablar de aquello que se desconoce o no se quiere ver, y aquí debo incluirme, para ofrecer una visión errónea de la situación global. El mundo siempre ha sido monopolio de unos cuantos, aquellos que no tienen necesidades básicas sin resolver. Y quien llega al lugar desde donde se deberían cambiar los conceptos, terminan por acomodarse en sus posiciones e ignorando al resto de mortales. Da igual el color o la base ideológica. El fin es el mismo.
No hay entradas relacionadas.
Publicaciones relacionadas que recibes por Yet Another Related Posts Plugin.

Loading...