Consumimos el tiempo, que inexorablemente nos adelanta para precipitarnos en la confusión cotidiana. El regreso nos llega inoportunamente, atrofiando nuestros sentidos. Desorientados seguimos agazapados en un rincón, como queriendo mantener ese hechizo que nos envolvió durante los últimos días. Pero la realidad va asomando lentamente, mostrando su cara más sórdida, cruzando el umbral inhóspito que marca la frontera con la ficción. O tal vez con aquello que desearíamos.
En cuestión de minutos, retomamos la consciencia de aquel mundo baldío y cansado, regalándonos ese abrazo frío y malsano que nos eriza el espíritu para que sigamos en la brecha, convirtiendo nuestro tiempo en un manojo de frustraciones que aletarga aquel sentimiento de libertad que ahora nos mira de reojo, escondido en la sombra, acechando por si en un descuido puede asomar. Atrás quedó dar rienda suelta a la vida, saborear cada segundo sin prejuicios y sin ataduras.
Restablecer la normalidad, continuar con esa farsa cotidiana es el objetivo final. Guardamos por fin aquellos deseos en un baúl hasta que dentro de unos meses volvamos a tener la oportunidad de retomar el tiempo perdido, mientras la desidia va calando en nuestro interior para seguir atados a la frustración del día a día.

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