Las noticias de mujeres asesinadas por sus parejas nos asaltan a diario. Cada vez son más las víctimas, a pesar de las leyes y las campañas para erradicar esta lacra. Para terminar de arreglarlo, hay casos de ex-policías y similares que han asesinado a su compañera sentimental. Es realmente grotesco, por no poner otro adjetivo. Aquellos que deberían proteger a los que están amenazados, también incurren en esa violencia gratuita y sin sentido.
Pero no todo va por ese camino. Miles de personas en todo el mundo, hombres y mujeres, sienten a diario ese peso que les inhibe y anula. De nada sirve que haya unos sistemas de protección si cuando se da el caso el juez de turno deja libre al maltratador con una simple orden de alejamiento que, en la mayoría de casos, no se respeta. En este punto, la denuncia se hace completamente inútil, por más medios de suprema sofisticación que se empleen para proteger o disuadir. Está claro que la ley no es efectiva si no se aplica con un mínimo de sentido común.
No todos los casos de denuncia son auténticos, hay quien se aprovecha de la situación, no entiendo muy bien por qué, con lo que el escepticismo de las “autoridades” ante una denuncia es cada vez mayor. No ayuda en nada esta situación, como tampoco lo hace el hecho de que una legislación pueda ser interpretada y aplicada arbitrariamente por los que debieran administrar justicia e investigar los casos con coherencia en lugar de emitir sentencias absurdas que de nada sirven en la realidad.
Me he preguntado muchas veces si los funcionarios encargados de legislar y los que aplican la ley, viven en la realidad o en un mundo repleto de retórica jurídico-administrativa que no conduce a ningún lado. Toda la jurisprudencia, junto con su jerga profesional, aparece ante los ojos de los mortales ignorantes del tema, como una palabrería absurda e inútil que lo único que consigue es perpetuar el poder entre quienes poseen el “privilegio” de estar inmersos en sus redes. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Es de obligado cumplimiento aquello que convierten en ley por real decreto, aunque sea debatido en el Congreso y en el Senado, por otra parte, desautorizados moralmente para realizar este tipo de tareas, puesto que han demostrado a lo largo de la historia, que lo único que persiguen es su propio interés. Pero entramos en una paradoja: la norma que hay que cumplir obligatoriamente no lo es para todos, puesto que quien la debe aplicar lo hace con perjuicio del denunciante, incurriendo en su incumplimiento. Realmente es un tema complicado. Todos conocemos aquello de “hecha la ley, hecha la trampa“, algo muy común en nuestro país, sin olvidar el resto del mundo, procedimiento por el cual se incumplen las normas pero no se puede demostrar o hay un vacío legal que no permite juzgar a los culpables.
Me permito “criticar” a todos aquellos leguleyos, incluyendo legisladores y jueces, que no saben ver más allá de lo que dice un texto que podría muy bien pertenecer a una novela de Kafka. Ellos interpretan sus palabras, como lo hacen los religiosos de cualquier confesión con sus textos sagrados, a su manera, atribuyéndose el poder de decidir lo que está bien o mal sin pensar en las consecuencias para el resto de mortales. De hecho, eso les da exactamente igual. Lo único que importa es lo que hay escrito. Eso es lo que vale. Y, en ese trance, las víctimas siguen creciendo, siendo muchas de ellas anónimas y permaneciendo ocultas ante los ojos del mundo, porque la ley les ignora. ¿Para qué denunciar si al final acabaré igual? Tal vez mucha gente implicada en esa situación se haga esa pregunta. Si realmente, tal y como no se cansan de repetir, la intención de los gobernantes es la de dar protección, deberían dejar de un lado tanta palabrería inútil y dar más soluciones reales. Como he dicho en otras ocasiones, tiene preferencia la seguridad y los intereses del Estado (y los suyos propios) sobre el de los ciudadanos.

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