En los tiempos que corren, llenos de susceptibilidades heridas y de escepticismo político, nos invade una ola de normas restictivas y, por qué no decirlo, represivas, que pretenden regular los derechos de todos menoscabando los de una parte importante de los ciudadanos. Gracias a las nuevas leyes sanitarias se equipara a quien consume ese producto tan nocivo pero legal como es el tabaco, con un delincuente. Multas que pueden llegar a ser millonarias para quien incumpla la ley. Vigilancia extrema desde el primer día. Curiosamente, los efectivos de la policía han hecho acto de presencia en locales y lugares prohibidos para obligar a los infractores a deponer su actitud, mientras por otro lado se excusa la no actuación de los mismos frente a la prevención de delitos más graves, como el de la violencia de género, por falta de personal, con el pretexto de que no se puede poner un funcionario detrás de cada persona afectada.
Se acusa a los fumadores de un delito contra la salud pública por el hecho de consumir un artículo fabricado y expendido legalmente en establecimientos que abonan sus impuestos como cualquier otro, proviniendo gran parte de ellos de ese producto nocivo (se oye hablar de más de 9 mil millones de Euros al año de recaudación por parte del estado por ese concepto, nada que ver con lo que pretenden hacer creer que se destina a la sanación de enfermedades provocadas por el tabaco, se rumorea que unos 5 mil millones). Se plantea un dilema, ciertamente kafkiano. Como ya ocurrió con las drogas en su momento, esas que no se pueden adquirir legalmente, pero que sí se pueden consumir, nos encontramos ante la paradoja de comprar algo legal para no poder consumirlo y así preservar la salud de los que nos rodean. Absurda contradicción donde las haya. Tan incoherente como el hecho de no sancionar a quienes permiten la fabricación y venta del tabaco, ya que, al fin y al cabo, supone un claro atentado contra esa salud pública que tanto quieren proteger aquellos que por un lado consienten y por otro prohíben.
Si un fumador es un delincuente por el hecho de consumir “veneno“, quien permite que eso sea posible también lo es, o más si cabe. Pero hay una razón para la permisividad, como ocurre con los cárteles, que se llama “dinero“. En este último caso, se pretende que el uso de las drogas se extienda para conseguir más beneficios. En el otro, no se impide la venta pero si el consumo con el mismo objetivo, ya sea por la facturación en sí o por las sanciones. En cualquiera de las dos cuestiones, el propósito principal es común. Aunque unos proponen abiertamente la degradación de la salud y los otros no, el lucro con el negocio está servido para ambas partes. De la legalidad a la delincuencia. Aclaremos este concepto. En el caso de los traficantes, ellos son ilegales y el consumidor no. Para los otros, ellos son legales y los consumidores no.
La salud pública debe ser un derecho de todos, mejor dicho, lo es. Pretender a golpe de decreto (como en los tiempos más oscuros de la dictadura, con la famosa ley de “vagos y maleantes“) que aquel que quiera llevar una vida “sin humos” decida que el resto haga lo mismo, significa instaurar un régimen autoritario donde la hipocresía y la falta de respeto a los derechos de los ciudadanos prevalece ante la tolerancia y la convivencia. La excusa de que el tabaco provoca la muerte de quienes lo consumen y de los que están a su alrededor, parece ser la mejor estrategia para conseguir sus propósitos. Deberíamos recapacitar sobre este tema. Porque no se puede culpar a una sustancia concreta de provocar enfermedades (que probablemente es así) mientras otras también lo hacen y no son perseguidas. No entiendo mucho de medicina, más bien nada, pero tal vez estemos jugando con nuestro sistema inmunológico que, día a día, año tras año, se va deteriorando dejando pasar aquello que en un principio no debería ser perjudicial. La higiene es primordial pero, como todo, en exceso puede llevar a ser nociva. ¿Absurdo? ¿Incongruente? ¿Descabellado? También lo es que nos permitan adquirir un producto que no sabemos que contiene en realidad. Las tabaqueras no están obligadas a especificar los ingredientes en los envoltorios. ¿Lógico? Ese tema no le importa a nadie. Sin embargo seguramente que nos daría una perspectiva diferente si pudiesemos saber qué es lo que nos venden para que fumemos.
Todo en esta sociedad gira alrededor del dinero, que da poder y permite decidir el destino de nuestra humilde existencia. Da lo mismo si se provoca el enfrentamiento entre vecinos o, por qué no, familiares. Desviar la atención hacia temas “vanales” permite tomar el control de la situación, para así poder ocultar, aunque sea por unos días, la vergonzosa situación de muchos ciudadanos al borde de la miseria, otro asunto ignorado por todos. Quien sabe si en un futuro no muy lejano nos veremos envueltos en la misma situación en que se hallaron los estadounidenses entre 1920 y 1933, con la famosa ley seca. ¿Veremos a Eliot Ness limpiando de mafiosos nuestras calles? Es cuestión de tiempo.

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